¿Obsesionados con las fotos en los viajes? Fotitis

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Estamos un poco obsesionados con las fotos en los viajes, ¿no?

¡Ojo, que lo que cuento yo también lo he sufrido! Y tengo que confesar que no lo he superado del todo 🙁

A ver, empecemos por el principio:

Un caso práctico

No sigamos intentándolo, dejémoslo, no se puede ver Londres o Roma en un fin de semana, es una cuestión de espacio y tiempo, sin más. Echamos un vistazo a la ciudad y la disfrutamos, por supuesto, pero ya está.

¿Quién no ha dormido en el suelo de un aeropuerto porque su vuelo sale a las 6 de la mañana? Aquí el que escribe le sigue guardando rencor a Ryanair por el aeropuerto de Baden Baden, por ejemplo. Como un campeón nos hacemos 3 fotos en los 3 sitios más pintorescos. Luego le dedicamos 2 horas a  museos con miles de piezas expuestas. ¡Olé ahí nuestro aguante! Para cerrar el círculo, volvemos a la oficina el lunes siguiente y nos dedicamos a sentenciar.

Por favor, tras esa escapada nos creemos que conocemos Roma y sabes que las pizzas italianas no son para tanto… Si es que lo viajeros tenemos los huevos cuadraos y la espalda a prueba de bombas. Los turistas no, que van una semana con todos los lujos y esa gente no se empapa de la cultura…

De verdad, me da la risa con esa superioridad moral (un poco culpable, ¿no?) que tenemos los “viajeros”.

La democracia de viajar

Las low-cost, los B&B y las redes sociales nos han puesto el mundo al alcance de la mano. Pero a cambio, lo hemos pagado bien caro, ¡eh! Lejos quedan esas películas en que la gente iba en un avión disfrutando de asientos amplios y azafatas suecas. En aquellos días (que yo sólo conozco de las películas) se podía fumar en cabina y viajar sin comprar lotería.

Ahora viajar es una gincana a prueba de superhéroes. Necesitamos dominar varios idiomas, tener la capacidad de carga de un mulo y el fondo físico de un marine para ver el Big Ben, Wembley y el British Museum en una mañana de sábado. No contentos con eso, por la tarde nos vamos a patear todo Nothing Hill, y te lo digo ya, está lleno de cuestas…

Tiene mérito, sobre todo porque la noche previa la hemos pasado durmiendo en el Meliá “Sillas de Barajas” que ofrece un lecho más duro que el cemento.

Para más inri, comes fish and chips en Chinatown (que es una cosa muy londinense). Necesitamos confirmar a tus amigos (que son turistas) que los británicos comen de pena. Resulta que en Villanueva del Manzano hay más oferta gastronómica que en Londres. ¡Olé ahí, hispanidad a tope!

 La autocensura y los sueños

Definitivamente, si hay que viajar así, que se pare el tren o avión de turno, que deberíamos bajarnos. Porque además hemos perdido el derecho a confesar las frustraciones. No vayas a decir que la Mona Lisa es enana, que Venecia huele a alcantarillas o que en Edimburgo llueve diez meses al año, que resultamos aguafiestas. Un colega mío se molestó porque le dije que para ver 14 sitios de Tailandia en 11 días tienes que pasarte las horas en transporte… De verdad, ¿se creía que conocía el país dándose esa paliza?

Viajar de este modo es aceptar una premisa horrible:

“no dejes que la verdad te estropee una buena historia”. 

Porque obviamente, no gastas 47 euros en un vuelo, 32 en un hostal y 45 en las comidas de todo un finde para publicar en Facebook que Berlín es más fea que un frigorífico por detrás. Y es fea, eh. Lo haces para vacilar de foto en el Muro y en Checkpoint Charlie (que es más falso que un billete de 3$).

Lo dicho, cuando viajamos así no importa el contenido sino la oportunidad de decir dónde has estado y tener fotos para demostrarlo. No sé si buscamos me gustas o me das envidia, la verdad.

Todo esto además es bastante reciente, creo yo. Mis padres, que han salido una vez de España (para ir a verme a mí, olé), no sufren este síndrome. De la vez que fueron a Benidorm lo que guardan es una foto con Cruyff. Mi padre está encantado con el recuerdo, pero no demuestra que estuviese en Benidorm. Para matarlos, ¿no?

Nos han dicho que somos millenials, y como tal tenemos que dar vueltas al mundo como si no hubiese mañana. Lo nuestro es viajar y joder si nos hemos puesto a ello.

¿Lo malo?

Para demostrar que somos viajeros, y no turistas como nuestros infames padres, hemos traicionado a la experiencia.  Disfrutar del viaje es lo de menos con tal de que alguien, en Facebook o Instagram, nos diga que nuestras fotos son lo más.

 

 

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